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Caravana al Sur. reflexión-balance sobre la caravana de Movimiento por la paz con justicia dignidad en el sureste del país/ palabras de Javier Sicilia para finalizar la caravana/Luis Hernández Navarro./ 20/9/11
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Caravana al Sur
Luis Hernández Navarro
Durante el recorrido, el clamor por detener la guerra que comenzó a escucharse en Ciudad Juárez se fundió con las denuncias de añejos y nuevos abusos de soldados en Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Antes de que el Ejército saliera a las calles de Chihuahua, Nuevo León o Sinaloa, patrullaba ya muchas regiones indígenas y había convertido a Chiapas en un inmenso cuartel. La novedad de la caravana fue que le dio la historia y contexto del sur a la actuación de las fuerzas armadas en el norte.
El encuentro entre ambos agravios no fue siempre fácil. Si una de las primeras bajas de la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón han sido los derechos humanos, en el sur profundo su violación es un hecho histórico y frecuente. Antes, a lo que ahora que ha adquirido carta de naturalización se le llama violación a los derechos humanos, se le nombraba represión gubernamental. Y muchas organizaciones populares que en el sur luchan por demandas inmediatas la sufrieron y la siguen viviendo. Ellas tienen un lenguaje, una cultura organizativa y una identidad construidas a lo largo de muchos años que son diferentes a los del Movimiento por la Paz y al de Javier Sicilia. De manera que, en ocasiones, algunos actos parecieron convertirse en una moderna versión de la Torre de Babel, en la que esclarecidas vanguardias se empeñaron en mostrar a los caravaneros la verdadera ruta al Palacio de Invierno.
A pesar de ello, en diversos puntos del extenuante recorrido, caravaneros y organizaciones populares debatieron sobre un cuestionario esclarecedor del que saldrá un diagnóstico más o menos compartido. Las preguntas a las que buscaron dar respuesta son: ¿Cómo nos está afectando la Guerra contra el narcotráfico? ¿Cómo estamos enfrentando la guerra? ¿Cómo nos estamos organizando para detenerla? ¿En qué coincidimos y en qué no coincidimos en nuestras estrategias para frenarla? ¿Qué actos de acción y resistencia podemos hacer juntos para detener la guerra y construir la paz?
La caravana mostró públicamente la grave inseguridad que viven los pueblos indígenas, los migrantes indocumentados centroamericanos y los pobres de México. El secuestro y la extorsión no son privativos de los sectores acomodados. Maestros, trabajadores asalariados y campesinos deben pagar cuotas a delincuentes para conservar sus vidas y sus pequeños patrimonios, en un siniestro pacto de impunidad, en el que los criminales actúan protegidos por autoridades y policías.
La caravana también evidenció que algunas de las más exitosas experiencias de autodefensa son obra de pueblos y comunidades indígenas que luchan por su autonomía. En ellas está la semilla de otro futuro. A pesar del acoso de paramilitares y de la presencia hostigante del Ejército, en las regiones zapatistas se vive un clima de seguridad público inusitado en el resto del país. En la Montaña de Guerrero, la policía comunitaria ha logrado reducir los índices delictivos a niveles mínimos.
La caravana recordó la enorme deuda que la nación tiene con los pueblos indígenas. A pesar de que el Ejecutivo firmó los Acuerdos de San Andrés sobre derechos y cultura indígenas, el 16 de febrero de 1996, en representación de los Tres Poderes, siguen sin cumplirse. La reforma constitucional sobre derechos indígenas aprobada en 2001, con el apoyo en el Senado de todos los partidos políticos, fue una burla. La reforma abrió una brecha profunda entre la clase política y el país real, y creó las condiciones para la crisis de representación que se vive actualmente.
La caravana pidió perdón a los emigrantes indocumentados centroamericanos, que diariamente viven en territorio nacional abusos policiacos, humillaciones, extorsiones, y todo tipo de muestras de racismo y xenofobia. Los caravaneros hicieron así lo que gobierno federal debió haber hecho hace mucho tiempo. Como señaló Javier Sicilia, entre los logros de la movilización se encuentran el visibilizar ese dolor que es una vergüenza para la nación, el visibilizar la gran labor que está haciendo gente que es la reserva moral de este país, el padre Solalinde
.
La caravana rechazó la pretensión de varios gobernadores de tomarse la foto
con ella. Al hacerlo perdió fuerza en los medios de comunicación, pero ganó en autoridad moral y confianza entre las organizaciones populares y comunidades. Los encuentros con los mandatarios locales habrían sido generosamente divulgados por sus aparatos de comunicación social, pero habrían provocado desconfianzas y recelos entre actores importantes.
El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad ha logrado modificar el discurso gubernamental sobre la guerra contra el narcotráfico. Aunque sea en el terreno declarativo, las víctimas son hoy una preocupación
oficial, cuando antes eran sólo sospechosos de simpatizar con el narcotráfico. No ha logrado, sin embargo, modificar ni un ápice la decisión presidencial de seguir adelante con su estrategia de militarizar el país. El hecho no podrá ser soslayado cuando a fines de este mes se celebre el segundo diálogo entre el movimiento y Felipe Calderón.
Palabras de Javier Sicilia para finalizar la Caravana de Paz
México D.F., 19 de septiembre de 2011.- Quiero comenzar este discurso con el que concluimos esta larga, dolorosa y bella caravana al sur con unos versos del poeta Miguel Aguilar Carrillo: “Somos los daños colaterales/ No somos sangre alegre en las arterias/ para las urnas y las estadísticas somos los daños colaterales./ Ceniza fuimos y seremos y somos sólo ceniza/ No el rumor ante el ángel ante el ángel terrible No la sangre fluyendo en el espasmo de la piel en la piel Sólo ceniza almacenada para el dato estadístico de la primera plana/ Los conejillos de indias que comprueban que el plomo es fábrica de la ceniza Somos el número, el número sin nombre/ Un guarismo más en la estadística que el gordo bufón presenta a los micrófonos”. Por esa realidad a la que el crimen y el Estado nos ha reducido y que lleva su dolor, su rostro y su rabia en nuestros muertos, pido un minuto de silencio.
Hermanos y hermanas:
Hace 11 días salimos de este mismo lugar –donde los más primeros de nuestros padres vieron por vez primera los símbolos que reunieron a la nación– para abrazar a nuestros hermanos del sur, para visibilizar sus dolores y abrazarlos, para unir los agravios y los dolores que recogimos en el norte con los agravios y dolores del sur, para mostrar no sólo la emergencia nacional que nuestra clase política, encerrada en los bunkers de sus oficinas y en el bienestar de sus sueldos, no quiere mirar, sino la inmensa reserva moral de la patria cuyo corazón late abajo, arriba, a la izquierda, a la derecha, en el norte, en el sur, en el este y el oeste, y decirles a los señores de la muerte y los gobiernos corruptos –revueltos en el lodo en el que están convirtiendo la tierra y el agua del país– que somos mucho más que ellos y que en nuestra dignidad, nacida del dolor de nuestros muerto, de nuestros desaparecidos, de los ancestrales agravios a los más primeros de nosotros, llevamos vivo el país que quieren destruir y la paz que nos han arrancado.
Durante estos 11 días hemos visto que la herida abierta en Ciudad Juárez –a causa de la fallida estrategia de guerra del presidente Calderón– se ha ido extendiendo como una gangrena hacia el sur del país para juntarse con los dolores ancestrales que viven los pueblos indios y las comunidades del sur –Guerrero y Veracruz se han convertido hoy en día en réplicas de Ciudad Juárez, Monterrey y Tamauliupas–. Ambos agravios, que llevan a cuesta sus dolores y sus muertos, son el producto del modelo económico. Si la inmoralidad de la economía moderna –cuyo objetivo es la maximización de la ganancia mediante la explotación de la naturaleza reducida a “recursos materiales” y de los seres humanos reducidos a “recursos humanos”, ha arrasado tierras, despojado territorios, culturas, memorias, provocado desplazamientos, generado fuerzas paramilitares y asesinatos terribles, como el de Acteal o Aguas Blancas, para mantener el despojo, y desgarrado gravemente el tejidos de la patria, el crimen organizado no ha hecho otra cosa que llevar eso a extremos atroces: secuestros, tráfico de personas, asesinatos, uso de la fuerza de trabajo desocupada por la maximización de los recursos de la economía legal para fines delictivos, no son más que la maximización del capital y del poder mediante la explotación ilimitada de esa cosa, de esa mercancía llamada “recurso humano”. A esa enseñanza, que hemos podido visiblizar en el sur, se une, sin embargo, otras enseñanzas. En las zonas sureñas –Oaxaca y partes de Chiapas– donde, pese al sistemático despojo, permanecen vivas las formas de vida comunitarias, el crimen organizado está limitado. Acteal y las zonas zapatistas son las más seguras de los territorios por donde la Caravana de la Paz pasó. La razón es obvia, pero por obvia ajena a la ceguera mercantilista de los poderes fácticos y de la clase política: la vida común, la reserva moral del país que, contra la economía de mercado, se expresa en lo que la Caravana no ha dejado de visibilizar y de mostrar en cada plaza, en cada marcha, en cada diálogo, en cada mitin: la generosidad, la humildad, el don, la dignidad, todas aquellas virtudes que contiene el amor.
La emergencia nacional que hemos visibilizado a lo largo del país en los dolores de sus víctimas de la guerra, en las injusticias estructurales del sistema, en la corrupción y la impunidad del Estado, pide que se tomen en serio las demandas del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en lo que a los 6 puntos del documento que leímos el 8 de mayo se refieren y que se discuten en las mesas de trabajo que nacieron de los diálogos en el Castillo de Chapultepec. Pide también, después de su regreso por el sur, que mirándonos en el espejo del pasado del mundo indígenas y de las vidas pueblerinas del sur, que pensemos la manera de rehacer con ellos el tejido social cuya destrucción nos tiene en la miseria, el horror y la postración, es decir, en la pérdida del suelo de la patria, cuyo dolor no cesa. Desde esa realidad atroz, les preguntamos a los criminales. ¿qué felicidad pretenden construir para ustedes si sus cimientos se basan en la muerte, el sufrimiento y la tortura de los semejantes a ustedes? Les preguntamos también a nuestra clase política y a los poderes fáctico –tan ciegos, tan venales, tan corruptos y omisos– ¿cómo van a cuidar esta casa, que se nos derruye, si sus cimientos se edificaron sobre la indiferencia, el desprecio y el despojo a los ciudadanos; que casa van a rehacer si, arrodillados frente a los poderes del mercado global, sólo tienen imaginación para las mil formas de la violencia legalizada? Toda violencia, que es una inteligencia torcida, todo lo que obstaculiza la vida y su orden armónico, es una manera de someter la vida a la esclavitud en la que desde hace mucho vivimos y cuyos dolores llevamos con nuestros muertos a cuestas. Todo gobierno que olvida servir es un gobierno perdido, un gobierno que con su propia perdición va perdiendo día con día lo que se le encomendó custodiar, la vida humana de un país.
Nosotros no tenemos poder, no somos gobiernos, no somos roble, no somos elefante, somos caña, hormiga, los más pobres de los pobres, las víctimas, las bajas colaterales, las viudas, los huérfanos, los que no tenemos nombre porque perdimos a nuestros hijos, los despreciados que nos hemos vuelto puente, escalera que venimos a unir en el dolor y el amor el norte con el sur, el este con el oeste, porque nuestro corazón, que conoce y trae consigo, en su carne, en su piel, en su alma, los dolores de la patria, late a la izquierda, a la derecha, abajo, arriba, en el centro, en todos los hombres, mujeres, organizaciones, pueblos de todo el país que son la paz, la justicia y la dignidad de la nación.
Además opinamos, desde este lugar donde los más primeros vieron por vez primera los símbolos que reúnen a la nación: el águila, la piedra, el nopal y la serpiente, que deben respetarse los Acuerdos de San Andrés.
Plaza de la Constitución, 19 de septiembre de 2011.
Palabras de Javier Sicilia
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